De bonsáis secos a conversaciones vivas
El origen de nuestras IAs, por Guillermo Peña
La inspiración surgió por necesidad, como tantas innovaciones que empiezan sin pretenderlo. Al regresar de unas vacaciones descubrí, con una mezcla de frustración y resignación, que el sistema de riego había fallado. Varios de mis bonsáis, que llevaba años cuidando con paciencia casi ritual, se habían secado. Aquel pequeño desastre doméstico fue el desencadenante. No se trataba solo de regar plantas; se trataba de resolver un problema, comprender su causa y evitar que algo así volviera a ocurrir.
El primer experimento
La solución inicial fue modesta, casi artesanal: una Raspberry Pi, un motor de pecera, un par de sensores de humedad y unos pocos comandos escritos de madrugada. Un prototipo simple, improvisado, pero funcional. Ese pequeño experimento me mostró el poder de integrar software, hardware y decisiones automatizadas. Por primera vez, un sistema propio no solo ejecutaba órdenes: también vigilaba, interpretaba y actuaba. Pero lo que comenzó como un mecanismo de riego autónomo evolucionó rápidamente hacia algo más ambicioso. Si una máquina podía “entender” la humedad de la tierra, ¿por qué no podría entender el lenguaje?
¿Por qué no podría interpretar textos, responder preguntas, contextualizar información o conversar con las personas para ayudarlas de forma real? Ese fue el punto de inflexión.
Entré en el mundo del procesamiento del lenguaje natural y de los modelos generativos. Los primeros experimentos fueron rudimentarios, pero reveladores: líneas de texto cobraban sentido, patrones lingüísticos emergían y la interacción con la máquina dejaba de ser unidireccional.
Y así llegaron los LLMs
Primero como herramientas experimentales y, más tarde, como piezas centrales de una visión mucho mayor.
Todo encajaba: la curiosidad por resolver problemas reales, el impulso por automatizar tareas complejas y la necesidad de dar a la tecnología algo que hasta entonces le faltaba, algo profundamente humano: la capacidad de conversar. Finalmente, ese camino desembocó en Mindsaic. Una empresa construida sobre la convicción de que la inteligencia artificial no debe limitarse a ejecutar procesos, sino que debe comunicarse, comprender, asistir y adaptarse a cada persona. De los bonsáis secos nació una lección: cuando la tecnología entiende, cuida.
Y cuando cuida, transforma. Mindsaic es el resultado de esa evolución. Un proyecto que parte de un error doméstico y acaba en un sistema capaz de impulsar organizaciones, acompañar a usuarios y dar vida a conversaciones que antes parecían imposibles.
Porque a veces todo comienza con un simple “¿por qué no?”. Y otras veces, con un bonsái que dejó de regarse.